
José Santos regando la huerta con el cigüeñal |
Hortelanos
de noria y cigüeñal
en Muñana y Nava de Francia
Junto al ancestral cigüeñal, que todavía permanece anclado en algunas huertas de la Nava de Francia, surgió en muchas de las huertas de nuestros pueblos un artefacto más sofisticado, las norias, para la irrigación de los cultivos. Un burro, o una vaca domada, habitualmente con los ojos vendados, daban vueltas durante horas, unidos a una vara, la palanca de tiro, que movía el volante, engranaje por el cual subían los cangilones con el agua del pozo, que depositaban en una pila. Muchos labradores instalaron norias en sus huertas ya desde principios del siglo XX. Pero el viejo sistema sustentado sobre el contumaz recorrido en interminables círculos, fue suplantado por el motor de gasoil a finales de los años sesenta del pasado siglo, que acabó hace ya muchos años con las norias. Los cangilones fueron vendidos a los chatarreros. Los burros y vacas domadas dejaron paso a los tractores, los aspersores y los tubos de riego. Algunas norias permanecen sobre los pozos cegados por el abandono; la maleza se apoderó de las huertas.
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José, como casi todos los vecinos de la Nava de Francia, emigró hacia el Norte; pero vuelve los veranos, poniendo de nuevo en funcionamiento su antiguo cigüeñal |

El gran apego de José Santos a su tierra, le ha llevado
a recuperar su viejo cigüeñal y construir otro más
en otra
huerta de su propiedad |
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Muchas huertas de la Nava de Francia han ido
quedando abandonadas, pero aún permanecen
enhiestos los palones de sus cigüeñales. |
En el valle abulense de Amblés, en algún pueblo como Muñana, algunas huertas todavía conservan la noria, retirada, junto al potente motor de explosión. Muchos huertos vegetan sepultados entre el olvido y la maleza.
El último hortelano acaba de pasarse al gasoil. Es Eusebio Hernández; acaba de vender el burro, fiel servidor que tantos cangilones vertió sobre los surcos. A Eusebio sólo le queda una burra, pero ya no la pondrá a la noria. Y mientras, en La Nava de Francia, bajo la Peña que da nombre a la sierra, cada verano, vuelve José Santos a su casa; el viejo cigüeñal de la huerta revive, fertilizando los surcos con el agua que el pozo le entrega.

Eusebio Hernández ya abandonó la noria; ahora riega con un flamante
motor de gasoil. Fue el último que regó con noria en Muñana.
Vendió una de sus burras; y la segunda ha quedado libre
también de tan penosas obligaciones, viviendo una vida
plácida
que le ha permitido parir un hermoso buche.
Seguramente, ya no veremos girar una sola noria
más
en todas nuestras tierras.
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