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Herradores
en Éjeme y Villatoro
Antonio Crespo Nogal ya no es un herrador al uso de la tradición.
Es un herrador de los tiempos modernos; sus clientes, de las tierras de
Alba de Tormes, tienen recursos y buenas fincas con ganaderías;
y el herraje, en muchos casos, se hace a caballos destinados para el puro
ocio. Un herrador moderno se gana la vida con holgura, a pesar de que
el oficio sigue siendo duro y, como dice Antonio, hay que retirarse pronto
si no se quieren padecer las graves dolencias de columna que aquejan a
quienes se ven obligados a soportar intensas fuerzas, como las ejercidas
para sujetar a la animales herrados. Cierto que están más
preparados y la clientela les exige más, pero parece ser que aquí
se ha producido un salto, una desconexión entre los viejos herradores
y los nuevos, que ya no yerran a los sufridos animales de labor, porque
ya no existen. El viejo herrador, como el de Villatoro, ha bebido de la
sabiduría popular que de padres a hijos ha transmitido los dictados
de la experiencia. La clientela del viejo herrador era el vecindario al
completo, que dependía de sus animales de labranza para ganarse
la vida en el campo o portear sus productos a los mercados. Sus emolumentos,
precarios, como lo eran los recursos de la mayoría de sus clientes,
que a menudo no podían pagar hasta la recogida de la cosecha. Al
herrador, además, se le asignaban funciones de veterinario; era
el albéitar, que aplicaba curas de andar por casa para dolencias
cotidianas de los animales. El herraje era una cuestión de envergadura
para la que se necesitaban ayudantes, pues el animal no accedía
de buen grado a una manipulación que le resultaba molesta. Los
potros de herrar, que en algunos pueblos se han conservado, aseguraban
la inmovilidad de vacas y bueyes, que quedaban suspendidos en el aire
mediante correas y cintas que dejaban inerme al animal mientras era herrado.
Quizá hoy, los viejos herradores se lamenten de su suerte, viendo
la prosperidad de estos nuevos. Es el signo de los tiempos. El viejo herrador
fue hecho para las penurias de su tiempo, y no podía ser de otra
manera.
Herró mulas, machos, bueyes y vacas. Andrés García Hernández , el herrador de Villatoro, en Ávila, viajaba por los pueblos próximos cargado con sus herraduras e instrumental; y en Villatoro tenía su propio potro de herrar, que aún conserva, donde herraba bueyes y vacas domadas, que los labradores usaban para las labores agrícolas.
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Antonio Crespo, un moderno herrador por las
tierras de Alba de Tormes
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El herrador moderno lleva su taller ambulante en la
furgoneta, con yunque y un horno portátil donde poner
al rojo las herraduras antes de templarlas y clavarlas
en
la pezuña del animal. |
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Andrés García muestra unos callos de hierro para herrar vacas.
Los antiguos herradores viajaban
por los pueblos circundantes con un
pollino, que terminaron cambiando
por una
bicicleta, y más
modernamente, por una
pequeña motocicleta. Pujavante,
herraduras y
otros utensilios iban
en las alforjas del
pollino
o en un bolsón
sobre el cuadro de la bicicleta |

Andrés García Hernández
junto a su potro de herrar,
en
Villatoro, donde herró miles de vacas
y bueyes
en una dilatada trayectoria como herrador |
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El acial, que Andrés sujeta en la mano, era
utensilio imprescindible para
controlar a las
caballerías
mientras eran herradas
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Hijo y nieto de herradores; su abuelo recorría el valle de Amblés poniendo herraduras; de ellos aprendió el oficio. El herrador, además de poner herraduras, se encargaba de las pequeñas curas de los animales, como cojeras, mataduras etc. La abundancia de ganado vacuno para labor en la zona le mantuvo con mucho trabajo a lo largo de toda su trayectoria profesional. Cada tres o cuatro meses, había que cambiar las herraduras a las vacas, los callos que ellos llamaban; esto mantenía al herrador en una actividad permanente. Se surtía de clavos en Ávila. En los últimos tiempos, ya viajaba con una pequeña moto a los pueblos. Hoy, algún labrador jubilado, en Amavida y Villatoro, conserva el par de vacas de labor, por pura inercia, y por mantener aún en cultivo algunas huertas; Pero son las últimas yuntas, Andrés llegó a la jubilación sin apenas trabajo. En su taller, abandonado, aparece arrumbado el fuelle de la fragua; viejas herramientas son ya presa de las telarañas: el acial, el pujavante, la escofina, las tenazas, montones de callos y herraduras... sólo queda cierto sinsabor, o quizá frustración, por la desaparición de un oficio muy sacrificado, escasamente remunerado y al que las nuevas generaciones dieron la espalda.
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Antonio hierra exclusivamente caballos, destinados al
ocio o al cuidado de las ganaderías bravas;
el herraje
de los animales de labor hace tiempo
que pasó
a la historia de la sufrida economía rural |

Para las vacas y
bueyes, se recurría al potro, que los
inmovilizaba,
elevándolos en el aire con
las correas. |
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