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Dos marraneros
de Palazuelo de Vedija
Fue el pueblo de los marraneros. Palazuelo de Vedija
surtió de cerdos a todas las tierras castellanas. Con una fusta
por toda herramienta, y con una peculiar blusa negra, conducían
las piaras por los caminos, llegando a las plazas de los pueblos, donde
entraban en contacto con la clientela, que les cogía un lechón
para cebar y hacer la matanza, una vez engordado. Trabajaban casi siempre
a fiado. Con la cosecha, los labriegos reunían el pago necesario
que le entregarían al marranero cuando regresara unos meses después.
Los marraneros recorrían los mercados de ganado para reunir las
piaras que luego llevarían por los pueblos. En las fincas extremeñas
compraban los lechones de pata negra. Y con la prosperidad del negocio,
llegaron los carros de toldo con cajones-jaula en su fondo, donde transportaban
los lechones. Buena parte del pueblo de Palazuelo se dedicó, al
menos desde el siglo XVII, al trato de ganado de cerda. Quizá la
proximidad a las grandes ferias de Cuenca de Campos, Villalón y
Medina de Rioseco estimuló su vena comercial, dedicándose
a este singular trato.

Quiliano y su hermano Gregorio recorrieron toda la
región vendiendo cerdos que compraban en los
mercados de
ganado de Zamora y Medina de
Rioseco
y en pueblos
de Extremadura
De los últimos en el oficio, los hermanos
Quiliano y Gregorio González Fraile aún mantenían
el trato por los pueblos en los años sesenta del pasado siglo.
Como ellos, unos cuarenta marraneros del pueblo seguían recorriendo
la región por esos años. Gregorio y Quiliano se movieron
toda su vida, desde sus años escolares, dentro del oficio, jubilándose
con él. Otros, haciendo gala de un encomiable afán de supervivencia,
ante la necesidad de cambio impuesta por el signo de los tiempos modernos,
pusieron carnicería en la ciudad. Hoy, sus descendientes les rinden
homenaje con el "monumento al marranero"; un oficio que fue
seña de identidad de Palazuelo.
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